La anexión del Reino de Mallorca a la Corona de Aragón (II)

Como vimos en el anterior artículo, los nuevos tratados firmados entre los monarcas de la Corona de Aragón y del Reino de Mallorca afianzaron una nueva época en donde las necesidades de sus reinos estuvieron por encima de las hostilidades que tiempo atrás habían conducido a sendos enfrentamientos. Las relaciones cordiales entre los reyes permitieron que el Reino de Mallorca viviera un período de esplendor y de bonanza económica que, sin embargo, no procuró una estabilidad a largo plazo. A la muerte de Sancho I en 1324, los conflictos entre ambas coronas se reanudaron de nuevo.

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Moneda con el escudo del infante Felipe de Mallorca (1288-1343) cuando ejercía como tesorero de Saint Martin de Tous. De clara vocación religiosa, una vez retirado de la vida pública, pasó sus últimos días en la absoluta pobreza después de renunciar a sus rentas y prebendas.

Sin haber tenido un heredero legítimo con su esposa, la reina María de Nápoles, el fallecimiento de Sancho I originaba un complicado problema sucesorio. Antes de fallecer, el monarca había nombrado a su sobrino, el futuro Jaime III el Temerario (1315-1349), como su único sucesor. Consciente de la corta edad del muchacho, quien por entonces tenía 9 años, en su testamento incluyó una serie de disposiciones que se debían respetar: en primera instancia estableció la donación de una generosa pensión que debía procurarse a su heredero para su correcta formación; por otra parte, instó a la creación obligatoria de un Consejo de Regencia que, renovado anualmente, debería estar formado por prohombres representativos de varias de las zonas que formaban el Reino de Mallorca. La función de éste consejo no sería otra que la de otorgar consejo a su sobrino, huérfano de padre y madre, y velar tanto por éste como por los intereses del reino hasta que Jaime cumpliera 20 años.

El heredero, que había nacido en Silicia, había sido criado en Perpiñán por la reina Esclaramunda de Foix, esposa de Jaime II de Mallorca y abuela paterna del niño. Según las crónicas, ya a corta edad el futuro Jaime III comenzó a mostrar un carácter indómito que le acompañaría de por vida, por lo que considerando la necesidad de un tutor que instruyera al niño en el ejercicio de sus futuras funciones y le aportara rectitud, tanto el Consejo de Regencia como la otrora Reina tomaron la decisión de confiarle la tutela del joven a su tío, el infante Felipe de Mallorca. Si bien parece cierto que el último de los hijos del matrimonio formado por la propia Esclaramunda de Foix y Jaime II de Mallorca solo aceptó la empresa de salvaguardar los intereses del reino heredado por su padre y mantener la paz por influencia expresa del papa Juan XXII, parecía a priori la opción menos válida para la educación del futuro monarca. Según se refieren las crónicas, a pesar de la ayuda prestada y de los incesantes intentos por inculcar a su pupilo las responsabilidades adheridas a su cargo, las relaciones entre Jaime III de Mallorca y su tío jamás fueron buenas.

Las nuevas necesidades internas, las antiguas pretensiones sobre un territorio óptimo económicamente y una rigurosa interpretación del testamento de Jaime I el Conquistador hicieron intervenir de nuevo a Jaime II el Justo, monarca de la Corona de Aragón. Si bien había devuelto Mallorca, Menorca e Ibiza a Jaime II de Mallorca a cambio de unas compensaciones en el Tratado de Argelers (1298), Jaime II de Aragón, a la muerte de Sancho I, dispuso que el nombramiento de su joven sucesor era arbitrario de acuerdo a lo establecido por el propio Jaime I. En el documento quedaba dicho que en caso de que el monarca del Reino de Mallorca no tuviera descendencia directa y legítima a su muerte, todos los territorios que comprendían el reino debían volver a manos del rey de la Corona de Aragón. Si bien la apreciación no era del todo desacertada, su interés versaba realmente en la necesidad de incorporar unos territorios que le procurarían puntos esenciales para contrarrestar el empuje francés en el Mediterráneo. Asimismo, con la adquisición del Reino de Mallorca, obtenía unos territorios con una interesante proyección económica deseada por los mercaderes de Barcelona.

Decidido a imponerse como nuevo monarca del Reino de Mallorca, aunque conocedor de la inconsistencia de sus argumentos, Jaime II diseñó una estrategia en donde, aprovechándose de las ambiciones de las diferentes familias nobiliarias y de la burguesia del Reino de Mallorca, alentaría pasivamente las luchas de poder y las reivindicaciones de los grupos dominantes ansiosos por obtener privilegios. Sus movimientos para debilitar a su adversario dieron sus frutos al estallar conflictos en el Rosellón o en Mallorca, y si bien a priori parecía que iba a ser algo endémico para el resto de áreas del reino, el apaciguamiento llevado a cabo por el infante Felipe a través de concesiones obligó a Jaime II a pasar a la fuerza. Emulando a uno de sus antecesores, Pedro III el Grande, ordenó a su hijo, el futuro Alfonso IV el Benigno (1299-1336), que empleara la fuerza en ese mismo condado y en Cerdaña, paso previo al sometimiento de Perpiñán. En todos ellos el príncipe Alfonso encontró resistencia, pero finalmente pudo arribar victorioso a Perpiñán imponiendo la autoridad de su progenitor. Las negociaciones mantenidas por Jaime II con Sancha de Nápoles, tía materna de Jaime III, y el infante Felipe evitaron la que parecía una guerra inevitable entre las dos ramas familiares. Con el apoyo de Juan XXII, la confrontación cesó definitivamente con la amenaza velada de excomunión a Jaime II de Aragón.

En 1327, con 12 años, Jaime III y Felipe de Mallorca se trasladaron puntualmente a Barcelona para rendir homenaje a Jaime II de Aragón, quien ansiaba entrevistarse con él para abordar, de forma personal junto a juristas y caballeros de alto rango, el tema de la problemática sucesión. Las crónicas establecen un desfavorable intercambio de impresiones entre el tutor y Jaime II, quienes de forma pública defendieron sus intereses. Muy probablemente el elocuente discurso de Felipe a favor de la legitimidad de su pupilo hicieron que, desprovisto de argumentos con los que defender su postura, Jaime II renunciara solemnemente y por escrito a su principal propósito. A cambio exigía dos condiciones: la condonación total de una deuda muy cuantíosa que había adquirido anteriormente con el desaparecido rey Sancho I, y formalizar el compromiso matrimonial entre su adversario y Constanza de Aragón y Entenza, hija de su heredero Alfonso.

El acuerdo parecía favorecer a las dos partes, puesto que Jaime II de Aragón renunciaba a sus derechos sobre el reino a cambio de unas condiciones teóricamente asumibles. Sin embargo, el tiempo acabaría demostrando el equívoco ya que al permitir no saldar una deuda ruinosa se selló una nueva e incipiente crisis económica que, agravada posteriormente por la política emprendida por Jaime III, harían que el Reino de Mallorca entrara en crisis. En 1329, Jaime III habría de volver junto a su tutor para dar homenaje al nuevo rey Alfonso IV, y si bien sus relaciones fueron cordiales, todo acabaría por torcerse cuando el monarca fuera adulto y emprendiera el gobierno del Reino de Mallorca en solitario.

 

Vía| Casasnovas, Miquel À (2007). Història de les Illes Balears, Editorial Moll, Palma de Mallorca; Ensenyat Pujol, G (1997). La reintegració de la Corona de Mallorca a la Corona d’Aragó, Editorial Moll, Palma de Mallorca

Imágenes| Jaime III, Infante Felipe

Colaboración publicada el 25/08/2015 en Qué Aprendemos Hoy. Para acceder a ella pincha aquí.

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2 comentarios en “La anexión del Reino de Mallorca a la Corona de Aragón (II)

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