El cristianismo en Japón: expansión, persecución y ostracismo

Japón es, actualmente, una de las mayores potencias internacionales. País con una innegable preeminencia económica y con un gran presencia internacional, sus singulares tradiciones milenarias y su marcada identidad han convertido al estado nipón en una nación sumamente atrayente para los occidentales. Sin embargo, al margen de sus propias tradiciones, las influencias recibidas por los contactos mantenidos con otros estados a lo largo de su historia han dejado un rastro evidente en algunos aspectos, siendo especialmente marcados en el plano cultural y religioso. Y es que si bien las religiones mayoritarias en Japón son el budismo y el sintoísmo, hay un pequeño porcentaje de nipones que profesan el cristianismo. ¿Cómo llegó esta religión a Oriente? ¿Cúal fue el motivo por el que pervive de forma casi residual en la actualidad?

Imagen japonesa que ilustra la llegada de portugueses durante el siglo XVI
Imagen japonesa que ilustra la llegada de portugueses durante el siglo XVI

A lo largo de su historia Japón ha vivido episodios de absoluto aislamiento con otros de gran influencia extranjera. Aunque durante el siglo XIX se reanudaron los contactos entre Japón y los estados extranjeros debido a los nuevos intereses japoneses durante la Era Meiji, sería a mediados del siglo XVI cuando se pondrían las bases de unas relaciones ciertamente ventajosas entre el país nipón y algunas de las potencias europeas del momento. La penetración europea en Japón, y su consecuente influencia, se llevaría a cabo a través de dos frentes: el comercio y la religión. Durante la segunda mitad del siglo XVI los portugueses, desde Macao, tomaron el control del tráfico comercial entre China y Japón realizando viajes anuales entre ambas tierras con el objetivo de suministrar a los japoneses de los preciados productos chinos. Sería precisamente la actividad comercial existente en el suroeste de Japón, punto esencial en la ruta mercantil portuguesa, lo que atraería a numerosos misioneros europeos (principalmente castellanos y portugueses) con ánimo evangelizador hasta unas inhóspitas tierras dominadas por unos belicosos señores feudales que, influenciados por la riqueza que comenzaba a reportarles el comercio, no tardaron en bautizarse y adoptar ciertas costumbres occidentales. Todo ello, junto a los cruentos enfrentamientos civiles entre esos señores feudales que luchaban por hacerse con el poder absoluto, favorecieron la rápida expansión del cristianismo.

Si bien no podemos esclarecer el momento exacto en el que el cristianismo penetró en Japón, se cree que el primer contacto de los japoneses con esta religión fue en torno al 1549, cuando un jesuíta navarro llamado Francisco Javier (fundador de la Compañía de Jesús junto a Ignacio de Loyola) arribó junto a otros religiosos a Kagoshima, en la región de Kyushu. Con el propósito de anunciar el evangelio sin levantar suspicacias, los misioneros, a instancias de Francisco Javier, aprendieron el japonés y, haciendo uso del dominio de la lengua, comenzaron a predicar la doctrina cristiana en una exposición sencilla y entendible. Ganada la protección de algunos de los señores feudales más preponderantes, la labor evangelizadora rápidamente se extendería a otras zonas, como en la vecina Amakusa, Hirado y Shimabara (en la prefectura de Nagasaki) y Kioto, la capital. Allí, como en prácticamente todo Japón, eran abundantes los mendigos y huérfanos que, procedentes por igual de los campos y ciudades arrasadas, renunciaron a sus creencias adoptando una alternativa religiosa que les otorgaba una esperanza que las religiones mayoritarias no eran capaces de darles en tiempos de guerra. Sin duda los esfuerzos de los integrantes de la Compañía de Jesús por ganarse a la población a través de la labor social y las acciones de caridad ayudaron a una rápida evangelización de miles de nipones.

El martirio de cristianos japoneses de 1622, en donde los mártires fueron torturados, decapitados y quemados vivos.
El martirio de cristianos japoneses de 1622, en donde los mártires fueron torturados, decapitados y quemados vivos.

El apogeo cristiano se interrumpiría en 1587, cuando el daimo Toyotomi Hideyoshi, en calidad de soberano feudal, promulgó una ordenanza general para el destierro de los misioneros cristianos. Esta decisión estaba motivada por la masiva conversión de señores feudales y por la llegada de franciscanos, lo que incrementó el temor de Toyotomi Hideyoshi a que hubiera una invasión futura por parte de Castilla que, en confabulación con esos señores cristianos, le arrebatara el poder. La obligatoriedad de sanear la maltrecha economía japonesa después de más de un siglo de conflictos y de obtener recursos hizo que la ordenanza no fuera aplicada rigurosamente hasta 1596. Ese año, a raíz de un altercado poco esclarecido entre los comerciantes de un navío portugués atracado en Shikoku con enviados del propio Toyotomi, se mandó ejecutar a todos los religiosos que se encontraban a bordo del mismo. Creyendo que había en marcha una conspiración cristiana para usuparle, el soberano hizo apresar a cristianos japoneses y a franciscanos que predicaban en diversas ciudades al margen de la ordenanza, dándoles muerte en Nagasaki. Según las fuentes, el martirio al que fueron sometidos los cristianos en la ciudad de Nishizaka frente a miles de personas no quebrantó la fe de los cristianos japoneses, influenciados tanto por las historias heroicas de los mártires como por el código bushido. Parece ser que el principio máximo del cógido, que hacía referencia a la fidelidad de los vasallos a sus señores, y que podía llevar hasta su suicidio ritual (el llamado seppuku), fue entendido como una especie de martirio que pondría a prueba la fidelidad de la palabra dada a Cristo, al que se había declarado perpetua sumisión y vasallaje por encima de cualquier figura de autoridad terrenal.

El deseo de conservar las relaciones comerciales con Portugal y Castilla propició que las autoridades, aún recelosas, dejasen a un lado los excesos cometidos e iniciaran un tímido acercamiento con los cristianos en señal de buena voluntad. Sin embargo, la irrupción de comerciantes holandeses e ingleses, enemigos del Imperio Hispánico, fomentó que las relaciones entre europeos y Japón se fueran debilitando hasta romperse definitivamente en 1614, año en el que el primer ministro (el shogun) Tokugawa Ieyasu publicó una nueva ordenanza de expulsión en contra de los religiosos. La crueldad ejercida por las autoridades contra los cristianos fue en aumento durante los siguientes años, acorde a la incesante persecución que se vivía en todo el país. Según el investigador Gonoi Takashi, entre 1614 y 1633 murieron alrededor de 1000 cristianos, cifra que aumentaría espectacularmente en 1637 con el aplastamiento de una gran rebelión cristiana que tuvo lugar en Shimabara, al este de Nagasaki. Las nuevas prohibiciones, que incluyeron la entrada de occidentales en territorio japonés y la salida de japoneses al exterior, haría que desde entonces pequeñas células de cristianos subsistieran en la clandestinidad hasta la ruptura del aislamiento tres siglos después.

Vía| Hane, M (2000). Breve historia del Japón, Alianza Editoria, Madrid; Takizawa, O (2010). La historia de los Jesuítas en Japón (siglos XVI – XVII), Universidad de Alcalá.

Más información| Corazones.org, Historia Japonesa

Imágenes| Portadallegada europeos, martirio

Colaboración publicada el 9/9/2015 en La Historia Heredada. Para acceder a ella, pincha aquí.

Anuncios

Un comentario en “El cristianismo en Japón: expansión, persecución y ostracismo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s