“Stupor Mundi”, el emperador Hohenstaufen que asombró al mundo

Hijo y nieto de emperadores, futuro “Rey de los Romanos”, monarca de Sicilia, Chipre y Jerusalén y azote del Papado. Con esta presentación no es de extrañar los ríos de tinta que se han vertido a la hora de escribir sobre el que se considera uno de los personajes más famosos de todos los tiempos, ya que al margen de su ilustre procedencia y de sus gestas políticas y militares, la fascinación por Federico II Hohenstaufen deriva de su llamativa personalidad. Y es que este monarca, una de las mentes más preclaras del Medievo, vivió una vida sumamente interesante que le haría ser conocido por el sobrenombre de Stupor Mundi.

Moneda del Reino de Sicilia en donde se representa en el anverso a Federico II Hohenstaufen
Moneda siciliana en donde se representa en el anverso a Federico II. Sicilia sería su dominio más querido y donde pasaría la mayor parte de su vida.

Polémico en vida, su nacimiento parece que estuvo envuelto en cierta excentricidad. Friedric Roger Constantine, hijo del emperador germano Enrique VI y de la princesa Constanza de Sicilia, vino al mundo en diciembre de 1194 en la pequeña localidad italiana de lesi, en la provincia de Ancona. Los detalles del inusual alumbramiento fueron recogidos por los cronistas de la época ya que Constanza, que por entonces contaba con 40 años, no había podido quedarse embarazada en los 8 años en los que llevaba unida a Enrique. Ante los recelos manifiestos de parte de la corte por una gestación tan tardía a una edad tan poco habitual, y para despejar posibles dudas acerca de la filiación del futuro Federico, Constanza de Sicilia optaría por alumbrar a su hijo en la plaza de la ciudad asistida por las matronas del lugar y en presencia de un grupo de notables al servicio del emperador. El niño, que recibiría el nombre de su célebre abuelo Federico I Barbarroja, sería elegido a los pocos meses de vida “Rey de los Romanos” por los príncipes alemanes, convirtiéndose en el heredero de los territorios en poder de su padre y, por vía materna, en el candidato perfecto para el trono siciliano.

Federico, pelirrojo y con los ojos claros como su abuelo, mostraría desde muy niño una inteligencia sobresaliente, algo que le permitiría llegar a hablar ocho lenguas con soltura y a escribir fácilmente en siete. En los textos también se hace referencia a su carácter independiente, tal vez producido por su trágica niñez. Con apenas tres años quedaría huérfano de padre y un año después, sólo con cuatro, de madre. Ésta, que le había reconocido públicamente antes de morir como el legítimo heredero de todos sus derechos sucesorios, posibilitaría que en mayo de 1198 fuera nombrado rey de Sicilia. Bajo la tutela del papa Inocencio III hasta su mayoría de edad por expreso deseo de su madre, el niño crecería en Palermo y no en Alemania, recibiendo una rica educación que le marcaría para el resto de su vida. Inocencio III, temiendo que su inexperiencia política pudiera jugar en su contra en un futuro, pactaría la unión matrimonial de su pupilo con Constanza de Aragón, hermana de Pedro II de Aragón y viuda de Emerico de Hungría. Casados por conveniencia en 1210, al año siguiente Constanza daría a luz al primer hijo del matrimonio, un varón sano llamado Enrique que se convertiría en duque de Suabia.

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La corte del emperador Federico II en Palermo (1865), obra del pintor austriaco Arthur von Ramberg.

Confirmado en una ceremonia que tuvo lugar en 1212 como sucesor de Otón IV, el emperador vigente, Federico pronto se vio inmerso en una guerra sin cuartel entre las distintas familias que luchaban entre sí y los intereses de su tutor. Su poder en la patria de su padre era realmente limitado tanto por haberse criado lejos como por ser un Hohenstaufen, ya que representaba una amenaza para los rivales históricos de su familia. Además, y a sabiendas de las capacidades del joven, en Roma se temía su escepticismo y extravagancia a juzgar por los numerosos experimentos que Federico realizaba periódicamente. Y es que el joven rey, que poseía vastos conocimientos en ciencias naturales, matemáticas, medicina, astronomía y filosofía, había iniciado una extraña fijación por probar empíricamente algunos hechos que, en plena Edad Media, se aceptaban como certeros sin discusión. Célebre fue cuando encerró a un condenado a muerte en una urna para ver si el alma verdaderamente ascendía al cielo; o cuando mandó que se alimentara copiosamente a dos condenados a muerte antes de darles diferentes tareas para comprobar, al día siguiente y después de haberles extraído las vísceras, cual había hecho mejor digestión la noche anterior. Su frialdad, sus circunstancias y su rechazo por lo convencional le harían ser considerado un aliado muy poco fiable.

Pensándose que era un mal menor, el Papado presionaría para favorecer los intereses de Federico. Después de la caída en desgracia de Otón IV, y luego de una dura negociación con Honorio III, el Papa lo coronaría en Roma como emperador el 22 de noviembre de 1220. Su hijo Enrique sería proclamado “Rey de los Romanos”, siendo requerimiento especial de Honorio III que Federico le diera el gobierno de Sicilia a su primogénito para mantener separadas ambas coronas. Si bien el rey pareció mantenerse inicialmente en su promesa de cumplir lo acordado, pronto dio muestras de insubordinación. Siguió ostentando en la práctica el gobierno del Reino de Sicilia, promulgando una serie de medidas autoritarias que compondrían parte de la legislación siciliana. En contra de la voluntad papal resolvió otorgar más poder a los príncipes eclesiásticos alemanes descentralizando el poder imperial en una medida insólita que le permitía controlar más eficazmente un imperio de tales dimensiones. De igual forma se mostró reacio a liderar personalmente una nueva cruzada tal y como se le había instado desde Roma, aplazando la empresa mientras dedicaba parte de su tiempo a viajar por sus dominios mediterráneos. Finalmente, y bajo la amenaza de excomunión, Federico II partiría a Tierra Santa en la que se conoce como la Sexta Cruzada.

Viudo desde hacía un tiempo, Federico II se casaría en 1225 con la princesa Yolanda de Jerusalén, hija del rey Juan de Brienne. El matrimonio haría ascender a Federico a una situación privilegiada, especialmente cuando, sin reparo alguno, consiguió deponer a su suegro y coronarse, a la muerte de su esposa en 1228, rey de Jerusalén. Tutor de Conrado, el hijo tenido de su unión con Yolanda, Federico II dedicaría sus esfuerzos a ganarse el favor papal después de que su excomunión se hiciera efectiva en 1227. Gregorio IX, el nuevo Papa, aprovecharía las iniciativas imperiales para ratificar la pena. Después de reconquistar Chipre, y asistido por la Orden Teutónica, Federico II lograría firmar una valiosa tregua con el sultán Al-Kamil, con quien mantendría una relación cordial mal vista por sus contemporáneos. La paz, prolongada durante diez años y vista como un logro diplomático insólito para la época, permitiría a la cristiandad hacerse nominalmente con Nazaret, Jerusalén y Belén. Federico sería reconocido y coronado como rey de Jerusalén en 1228, si bien en Roma se le declaró, a razón de sus acciones, “el Anticristo”.

Tal y como atestiguan las fuentes, Federico II sería excomulgado en numerosas ocasiones. Su hijo Conrado IV (1228-1254) y su nieto Conradino (1252-1268) correrían idéntica suerte.
Tal y como atestiguan las fuentes, Federico II sería excomulgado en numerosas ocasiones. Su hijo Conrado IV (1228-1254) y su nieto Conradino (1252-1268) correrían idéntica suerte.

Valiéndose de la coyuntura existente y de la brecha entre Federico II y su hijo Enrique, Gregorio IX instigaría una conspiración en contra del emperador, teniendo éste que regresar apresuradamente de Tierra Santa. Se iniciaría así una larga guerra de desgaste entre el emperador y Roma en donde los logros del monarca serían invalidados por las continuas excomuniones del Papa. Ante las continuas amenazas por parte de Gregorio IX, que intentó organizar una cruzada en contra del emperador, Federico II buscaría aliados en sus súbditos y en el resto de monarcas europeos. Federico II llegaría a una ventajosa alianza con Inglaterra a través de su enlace en 1235 con la bella princesa Isabel, hija del rey Juan I (conocido popularmente como Juan Sin Tierra). Gracias a la cuantiosa dote de su tercera esposa, en 1235 las fuerzas imperiales obtuvieron una gran victoria sobre la Liga Lombarda y, en 1240, Federico procedió a ocupar los Estados Pontificios. Enrique acabaría rindiéndose en 1235, siendo por decisión expresa de su progenitor destronado, apartado de sus privilegios y recluido en prisión hasta su muerte en 1241. El nuevo Papa, Inocencio IV, recrudecería la guerra volviéndolo a excomulgar y reclamando la ayuda de los príncipes alemanes.

En el nuevo enfrentamiento tanto las tropas imperiales como los partidarios del Papa obtuvieron sendas victorias pero el emperador, agotado por la confrontación, decidiría retirarse a sus posesiones italianas. Dejando los tronos siciliano e imperial a su hijo y heredero Conrado, Federico II moriría el 13 de diciembre de 1250 en Apulia, al sur de Italia, de lo que se cree un episodio fatal de disentería. Para algunos moría uno de los más brillantes emperadores y el último de un linaje que sobreviviría hasta 1268, año en el que su nieto Conradino sería asesinado por orden de Carlos de Anjou. Para sus más vivos detractores se iba de este mundo un ser despiadado e implacable que había puesto en peligro, con su rebeldía y carácter, la indiscutible autoridad papal sentando un más que peligroso precedente.

 

Vía| Abulafia, D. (1988). Frederick II: a medieval emperor, Oxford University Press, USA; Claramunt, S. (2014), Historia de la Edad Media. Grupo Planeta (GBS).

Más información| Frederick II – Britannica.com

Imágenes| Portada, moneda siciliana, excomunión

Artículo escrito para Tempus Fugit.

 

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