Samuráis, la élite militar que gobernó Japón

Al margen de las célebres (y poco entendidas) geishas, la figura del samurái es quizás una de las más representativas de Japón. Si bien resulta ciertamente complicado acercarse históricamente a uno de los emblemas nipones más importantes evitando los tópicos y el romanticismo asociados al guerrero japonés, es casi inevitable dejarse arrastrar por las leyendas que las tradiciones han ido difundiendo generación tras generación. Y es que para los occidentales no resulta fácil comprender tanto el papel que desempeñaba en la no menos compleja sociedad japonesa una élite militar que fue considerada de forma ambigua por algunos de sus coetáneos, como las razones por las cuales la cultura samurái sigue teniendo tanta importancia dentro de la actual sociedad nipona.

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Aunque no se conoce demasiado sobre la mujer samurái por haberse visto superada por el prestigio heroico de los varones de su casta, tenemos evidencias que prueban la importancia de mujeres guerreras que, gracias a ciertas circunstancias, concentraron gran poder. Recordadas por la lealtad hacia sus esposos, las fuentes tradicionales señalan que muchas optaban por el suicidio para liberar a sus maridos de las ataduras emocionales antes de que éstos fueran a la guerra.

Ciñéndonos a los hechos contrastados, y dejando a un lado el aura fantástica que impregna su figura, se considera que los samuráis surgieron en torno al siglo IV a. C como consecuencia de la inestabilidad social y política por la que, al parecer, atravesaba Japón en ese entonces. Sus orígenes no son claros, pero se cree que aprovechando la geografía nipona aparecieron una serie de élites armadas dentro de los existentes grupos tribales que, sometidos a la institución imperial, guerreaban frecuentemente entre sí en beneficio de su tribu. Otros investigadores han creído adecuado matizar que es muy probable que los primeros samuráis no estuvieran relacionados con el arte de la guerra, y que su propio término (una variación del verbo saburau, que en japonés antiguo significaría “servir”) hiciera referencia a un conjunto de siervos domésticos que atendieran a los ancianos.

Sea como fuere parece claro que durante el período Heian (794-1185) los samuráis evolucionaron de tal modo que, totalmente ligados al poder, consigueron ascender como clase social. Valiéndose de la frágil coyuntura económica los guerreros se hicieron indispensables para un gobierno que, carente de soluciones, intentaría erradicar por la fuerza cualquier rebelión popular. Después de las guerras Genpei a finales del siglo XII, en donde se derrocaría el sistema aristocrático establecido, los samuráis tomaron el poder instaurándose la supremacía de la casta, algo que se mantendría durante todo el período Nakamura. Hasta el siglo XVI los guerreros nipones fueron considerados irremplazables al ser vistos como los defensores de la paz interna del país y los protectores de sus gentes frente a eventuales amenazas externas, pero en el período Edo (1603-1868), y sin la marcada inestabilidad que había arrastrado Japón desde tiempos inmemoriales, su función variaría notablemente.

Los samuráis habían estado fundamentalmente al servicio de la alta nobleza. En la cúspide de la casta se encontraban aquellos que debían acudir a la llamada de su señor (en caso de que éste entrase en conflicto con otro) portando sus armas, su caballo y una cantidad determinada de hombres equipados que estuvieran dispuestos a entregar su vida en el campo de batalla. Por debajo de los primeros (y menores en importancia) se encontraban los samuráis que integraban las tropas de infantería, cuya función principal en tiempos de paz era cuidar de los feudos. Formando la base se hallaban el resto de combatientes (arqueros, lanceros, arcabuceros, portaestandartes, etc.) que, durante gran parte de su vida, trabajaban la tierra del samurái al que servían en calidad de jornaleros. Esta estructura feudal se mantendría durante el período Edo, si bien la casta quedaría totalmente supeditada a la voluntad de la dinastía que ejercía el poder efectivo, los Tokugawa.

Durante el transcurso de la guerra que les daría finalmente el poder, los Tokugawa contaban con la lealtad de los grandes señores que, luego de la confrontación, seguirían manteniéndose fieles. Desde un principio los Tokugawa iniciaron un proceso cuyo fin era el de despojar a los samuráis de su estatus privilegiado, privándoles de sus tierras y obligando a muchos a convertirse en simples campesinos. La prolongada ausencia de conflictos internos y las limitaciones que sufrieron alteraron sobremanera la naturaleza de los samuráis, quienes privados de su función guerrera y de su posición hegemónica se verían abocados a demostrar su valía en unos duelos privados que, por orden del shogun Tokugawa, acabarían siendo prohibidos en 1650. Asimismo, aprovechando la paz existente, muchos optaron por ampliar su formación o desempeñar otros trabajos que lejos estaban del campo de batalla. Así encontramos numerosas referencias de individuos pertenecientes a la cerrada casta samurái que se dedicaron a administrar los feudos de sus señores sin que su prestigio social se viera dañado. Otros, sin embargo, no encontraron la manera idónea para encauzar su nueva situación y, desprovistos de un señor a quien servir, pasaron a ser delincuentes desarraigados al servicio del mejor postor. No faltarían los samuráis que, beneficiándose de sus habilidades, intentarían ganarse la vida con el contrabando y robo de mercancías en diversos puertos.

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A pesar de que durante largo tiempo los samuráis estuvieron estigmatizados como delincuentes (especialmente los ronin, samuráis sin señor a quien servir) la mítica historia de los “Cuarenta y siete ronin” impuso una nueva visión en donde se ensalzaba la lealtad, el sacrificio, la persistencia y el honor de los samuráis.

A pesar de que durante el período Edo asistimos a una decadencia con respecto a épocas anteriores los samuráis siguieron cultivando sus virtudes físicas y mentales, aunque las artes marciales les serían prohibidas en 1690. A un niño nacido en el seno de una familia samurái se le educaba dentro de unos principios de disciplina según la filosofía confunciana, doctrina que aprendían a través de unos textos que transmitían valores tan importantes para un futuro samurái como el sentido del deber con el emperador, el señor y la familia. En contraposición a la lealtad y la fidelidad que debía demostrarse en el cumplimiento del deber, a los niños se les enseñaba a despreciar los bienes materiales, el dolor y la muerte. Todos estos preceptos se recogerían más tarde en el famoso bushido, el código de honor samurái que vería la luz en el siglo XVII y que, a grandes rasgos, detallaba a través de una serie de principios el comportamiento modélico que debía tener todo samurái. A las mujeres de las familias samurái se las educaba en el cumplimiento de sus deberes y en la lealtad que debían profesar a su esposo, llegando a ser instruidas en las armas y en las artes marciales para defender (en caso de necesitarlo) su hogar.

En el siglo XIX, con la instauración del Emperador Meiji, los samuráis verían menguar aún más sus derechos. Privados de sus privilegios ancestrales, que fueron eliminados por un emperador que pretendía modernizar a gran escala un país anclado en el pasado, los samuráis se enfrentarían al poder imperial fracasando en su intento. Muerto el que se considera el último, el famoso Saigo Takamori, los samuráis pasarían al imaginario colectivo como héroes trágicos que fueron traicionados por los nuevos tiempos. Totalmente idealizadas su figura y conducta los samuráis inspirarían a los combatientes japoneses de la Segunda Guerra Mundial, quienes serían educados en el principio de desprecio a la muerte y la necesidad de dar su vida por la familia, el emperador y su país.

 

Vía| Clemens, J. (2010). Los samuráis, Crítica, Barcelona; Turnbull, S. (2006). Samuráis: La historia de los grandes guerreros de Japón, Libsa, Madrid.

Más información| Especial sobre los samuráis – Pandora Magazine

Imágenes| Portada, samurái, ronin

Colaboración publicada el 14/03/2016 en La Historia Heredada. Para acceder a ella, pincha aquí.

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