Eugenia de Montijo, la infeliz emperatriz española

Ríos de tinta se han vertido a la hora de hablar de reinas que, muy a su pesar, tuvieron una vida completamente infeliz. Mujeres que, ejerciendo de consortes de hombres a los que (por lo general) apenas conocían, pasaron su vida intentando cumplir con mayor o menor fortuna el papel que se les había asignado: el de servicial esposa y madre devota. Algunas fueron admiradas, aunque otras tantas no consiguieron hacerse con el favor de la corte y de su pueblo. Y es que si bien varias se ganaron la antipatía de la plebe con su carácter frívolo, caprichoso e incluso indisciplinado, otras lo tuvieron muy difícil a razón de su origen extranjero. Éste sería el caso de la española Eugenia de Montijo, futura esposa del emperador francés Napoleón III. Mujer sagaz, políglota y muy culta, Eugenia se convertiría en una de las mujeres más influyentes de Europa.

La emperatriz Eugenia
A pesar de sus otras virtudes la belleza de la emperatriz sería alabada por sus coetáneos, siendo por ello considerada una de las mujeres más hermosas de Europa. Retrato de Eugenia de Montijo hecho por el pintor alemán Franz Xavier Winterhalter.

María Eugenia Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, condesa de Teba, nació un soleado 5 de mayo de 1826 en Granada. Hija de Cipriano Palafox y Portocarrero, aristócrata afrancesado y liberal que había luchado por José Bonaparte y Napoleón Bonaparte, y de María Manuela Kirkpatrick, noble malagueña de ascendencia escocesa, María Eugenia venía al mundo como tercera y última hija de uno de los matrimonios más ilustres y distinguidos de la alta aristocracia española. Su progenitor, político y militar, era XIII duque de Peñaranda del Duero y un Grande de España; su madre procedía de una aristocrática familia escocesa que, por su apoyo a la Casa Estuardo en sus pretensiones dinásticas, se había visto obligada a exiliarse a España y a hacer fortuna a través del comercio. Sus padres, que hacían su vida por separado, dieron a sus hijos la mejor educación a la espera de que ésto les sirviera para adquirir los logros que por ascendencia y posibles parecían augurarles un futuro más que prometedor. Por iniciativa de María Manuela sus dos hijas, María Eugenia y María Francisca (que sería esposa de Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia y, por ende, futura duquesa consorte de Alba), serían enviadas primero a Francia y luego a Inglaterra, experiencia ésta última alto desagradable para la pequeña Eugenia.

Elegante, refinada, muy bella e inteligente, María Eugenia destacaría en su juventud convirtiéndose en el centro de atención de numerosos jóvenes de la nobleza europea. Marcada sentimentalmente por el duro revés de, según se decía entonces, haber sufrido su primer desengaño amoroso, un fortuito encuentro en 1846 definiría su futuro al cruzarse en su camino Carlos Luis Napoleón Bonaparte. Sobrino del ilustre emperador, Carlos Luis era un aristócrata que se había criado en el exilio y que, favorecido por las circunstancias, se había hecho un nombre en política como heredero del bonapartismo. Prendado de la joven española, y luego del rechazo vivido como pretendiente formal de la princesa Adelaida Victoria de Hohenlohe-Langenburg, Carlos Luis intentaría ganarse el favor y atenciones de una joven Eugenia reacia a iniciar relaciones con un hombre que, además de doblarle la edad, tenía fama de mujeriego. Instigada posiblemente por su madre, que quería dotar a su segunda hija de un matrimonio ventajoso, y conmovida por el cortejo que mantendría durante años su célebre pretendiente, Eugenia acabaría aceptando un noviazgo que terminaría en boda. El enlace, celebrado el 30 de enero de 1853 en Notre Dame, convertía a Eugenia de Montijo en la emperatriz consorte del Segundo Imperio Francés y, por ello, en una de las mujeres más importantes de su tiempo.

Poco dada a ciertos convencionalismos a pesar de sus fuertes convicciones religiosas, Eugenia conseguiría que su esposo la dejara participar activamente en política. Y es que éste, a sabiendas de la gran inteligencia de su mujer, buscaría continuamente su consejo personal para cuestiones de estado incluso cuando los problemas entre la pareja se hicieron evidentes. A la diferencia de carácteres y a sus opuestas posturas políticas, se sumaba el descubrimiento por parte de la emperatriz de las infidelidades de su marido. La distancia impuesta por la emperatriz no impediría que, conociendo perfectamente sus obligaciones, se quedara embarazada en 1855, dando a luz en marzo del año siguiente al único hijo de la pareja, Napoleón Eugenio Luis Bonaparte. El complicado alumbramiento, que duró unas 22 horas, dejaría postrada en cama a Eugenia durante semanas sin poder disfrutar de las celebraciones realizadas en honor del recién nacido.

Príncipe Imperial
La pérdida de su hijo, Napoleón Eugenio (1856-1879), fue la gran tragedia de la vida de Eugenia. El Príncipe Imperial era un prometedor joven que, decidido a iniciar una brillante carrera militar, moriría valientemente sirviendo por Inglaterra en la guerra mantenida por esta potencia contra los zulúes. El máximo aspirante al trono francés fallecía con apenas 23 años.

Decidida a hacer de Francia un nuevo referente a todos los niveles, Eugenia compatibilizó su labor como consejera de su marido con el de máxima autoridad femenina del país. Resuelta a influir positivamente en el panorama cultural francés, se convertiría en mecenas de algunos afamados artistas y científicos (entre ellos Louis Pasteur) con los que estrecharía relaciones de amistad. La emperatriz, reconocida admiradora de la reina María Antonieta, sería la figura de referencia en la corte francesa, donde las damas de la aristocracia le copiaban su vestimenta, sus peinados y su forma de maquillarse. Su personalidad fue alabada por todos aquellos que la conocieron, aunque su educación y demás virtudes quedaron en un segundo plano ante algunas imprudencias políticas. Habiéndose encargado de la regencia en tres ocasiones (1859, 1865,1870) la emperatriz sería duramente criticada por su implicación política y, poco querida por el pueblo francés, sería el blanco de las críticas por las desafortunadas decisiones a las que, supuestamente, abocaría a su esposo. Culpabilizada de haber secundado desastres como la guerra contra Prusia o la invasión francesa de México, Eugenia viviría en primera persona el ocaso y caída del régimen impuesto por su esposo en 1870.

Mientras su marido permanecía recluído en Alemania, ella y su hijo partían hacia Inglaterra en un exilio forzoso. La muerte de su marido en 1873 favorecería que poco después la familia fijara su residencia en Biarritz, desde donde se pondría, en pos de los derechos de su hijo, al frente del partido bonapartista. Alternando pequeños períodos en Biarritz con otros en Inglaterra o en las posesiones pertenecientes a los Alba, su vida sufriría un duro revés cuando su único hijo muriese trágicamente en 1879. Disminuida su salud a raíz de este infortunio, alejada de Francia y sin más apoyo que el brindado por la familia de su desaparecida hermana, la que fuera emperatriz se mantendría alejada del foco mediático hasta el final de sus días. Prodigándose únicamente en compañía de su ahijada, la reina Victoria Eugenia, la emperatriz de los ojos tristes hallaba por fin descanso en Madrid a los 94 años. Moría, un 11 de Julio de 1920, la mujer que gobernó un Imperio que nunca la aceptó y que jamás renunció a sus raíces españolas.

 

Vía| Chauvel, G. (2000). Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses, Narrativas históricas Edhasa.

Más información| Arteaga, A. (2003). Eugenia de Montijo, Martínez Roca.

Imágenes| Portada, Eugenia, Napoleon

Artículo escrito para Tempus Fugit.

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2 comentarios en “Eugenia de Montijo, la infeliz emperatriz española

    1. Muchísimas gracias por tus palabras. La verdad es que poca gente ha conocido la intensa vida de esta mujer, así que muy contenta de que en tu caso hayas podido descubrirla a través del blog ^^
      Nos seguimos leyendo por aquí (no me pierdo tus entradas ;))

      Le gusta a 1 persona

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