Childerico III y el ocaso de la dinastía merovingia

Aunque la Historia siempre tiende a glorificar a personalidades que tuvieron una relevancia especial dada su habilidad política, sus hazañas militares o su capacidad cultural, siempre hay multitud de personajes que, a pesar de su trascendencia, quedaron sepultados por las gestas de otros. Entre esos nombres estarían aquellos individuos que, sin realmente desearlo, fueron un elemento capital a la hora de posibilitar el ascenso social de algún otro. De todos esos personajes olvidados y utilizados, destaca especialmente uno: Childerico III, rey de los francos, depuesto por su mayordomo de palacio, Pipino el Breve.

Representación de Pipino III, apodado "el Breve" por su corta estatura. Habiendo superado a su padre, el legendario Carlos Martel, Pipino moldeó a su segundo hijo, Carlomagno, a su imagen y semejanza.
Representación de Pipino, apodado “el Breve” por su corta estatura. El padre de Carlomagno, al que moldeó a su imagen y semejanza, es conocido por ser el último mayordomo de palacio, cargo que equivaldría a lo que se conoció en el Antiguo Régimen como “valido”, o en la actualidad “primer ministro”.

No disponemos de mucha información del origen del último monarca merovingio, aunque su destino parece ligado al de Pipino y a la debilidad manifiesta de su estirpe. Los monarcas merovingios, que poseían desde el siglo V el dominio de un extenso territorio que actualmente comprendería Francia, Bélgica, parte de Alemania y de Suiza, mostraban en el ejercicio del poder un desgaste cada vez más acusado. Y es que a pesar de que hubo entre estos monarcas de origen germano algunos de probada valía para gobernar (Dagoberto I es un claro ejemplo), la gran mayoría demostró poca determinación a la hora de tomar el mando del reino. Esa apatía sería aprovechada por la siempre rebelde nobleza franca para conseguir poder, haciendo que a lo largo de los siglos el reino franco fuera el caldo de cultivo perfecto para más que sonadas disputas entre diferentes señores.

Los reyes merovingios, que recibieron el sobrenombre de “reyes holgazanes” por su incapacidad política, fueron cediendo su poder a diversos personajes que, con el tiempo, se encargaron de cuestiones más allá de servir a su rey y responsabilizarse de labores relacionadas con el palacio. Es así como el mayordomo de palacio, que antaño se había ceñido a los designios de sus señores, pasó a concentrar en la práctica un poder aún mayor que el monarca al que teóricamente servía. A pesar de que hubo reyes que intentaron suprimir el cargo, que llegó a ser hereditario, la necesidad de cierta estabilidad en los períodos en los que los nuevos reyes eran infantes fácilmente influenciables terminó por institucionalizar esta figura, que desplazaría cada vez más a los monarcas.

Carlos Martel, el legendario héroe de la Batalla de Poitiers (732), no había sido una excepción. Valiéndose del respaldo de la nobleza (aunque no de la Iglesia franca y de la Santa Sede), conseguiría gobernar como auténtico monarca a través de las figuras de Clotario IV, Teodorico IV y de Chilperico II. Mayordomo de palacio de Austrasia (área nororiental del reino) y de Neustria (zona occidental), y habiendo gobernado desde el año 737 en solitario, le sería fácil a su muerte legar a sus dos hijos, Carlomán y Pipino, el gobierno del reino franco. El reparto, en el que el primero se quedaba con Austrasia y Pipino con Neustria, sería considerado por el último como injusto. Por ello, y movido por una ambición desmedida, se fijaría el objetivo de hacerse con el gobierno de ambas áreas deshaciéndose de su propio hermano.

Medallón con el retrato idealizado de Childerico III. Después de que sus cabellos, símbolo tradicional de los monarcas merovingios asociado al poder, fueran cortados por orden de Pipino, fue devuelto al monasterio del que salió. Durante sus restantes años de vida estuvo permanentemente vigilado.
Medallón con el retrato idealizado de Childerico III. Después de que sus cabellos, símbolo tradicional de los monarcas merovingios asociado al poder, fueran cortados por orden de Pipino, fue devuelto al monasterio del que salió. Durante sus restantes años de vida estuvo permanentemente vigilado.

Consciente de que no contaba con el favor de gran parte de la aristocracia franca y del clero, su primera decisión fue imponer a Carlomán un rey que le fuera favorable. Mientras intentaba hacer frente a ciertas rebeliones promovidas por aristócratas rivales (incluyendo su hermanastro Griffon), Pipino encontró la solución. Haciendo ver que había encontrado vivo al hijo de Chilperico II en un monasterio, Pipino promovió como monarca a un joven llamado Childerico que mostraba dos de las tradicionales carácterísticas de los últimos monarcas merovingios: debilidad y falta de iniciativa. Childerico III, coronado rey de los francos en el 743, sería el espaldarazo perfecto para un mayordomo de palacio que en un período de siete años acercaría posturas con la implacable aristocracia y la Iglesia y, valiéndose de prebendas y demás derechos otorgados a éstos, conseguiría despojar a Carlomán del poder. Ya como único mayordomo de palacio con Austrasia y Neustria bajo su dominio, y sabiéndose elegido por un pueblo que lo aclamaba, Pipino decidiría iniciar negociaciones con Roma para que, desde la Santa Sede, dieran su aprobación a lo que supondría el final de la dinastía merovingia.

En el 751, totalmente solo y sin apoyos, Childerico III era depuesto por un flamante Pipino que era coronado por San Bonifacio en Soissons. Childerico, que años antes había sido aclamado por Pipino, era devuelto al monasterio de Saint Omer después de haber sido tonsurado a petición del nuevo monarca, que se había valido de las tensiones entre la Santa Sede y los bizantinos y lombardos para hacerse con el trono. Se iniciaba así uno de los períodos más florecientes del reino franco y de la misma Europa en donde Pipino, rey hasta su muerte en el 768, pondría las bases de una nueva dinastía. Su hijo menor, el famoso emperador Carlomagno, sería el máximo exponente de una dinastía que, a pesar de todos los logros, acabaría desapareciendo ahogada por las luchas internas por el poder y el asedio por el norte de los nórdicos. Por su parte Childerico, totalmente olvidado y abocado a una existencia gris, viviría hasta el 754, año en el que moriría en soledad.

 

Vía| Brendiss, E. (2007). Breve Historia de los Merovingios: los orígenes de la Francia medieval, Dilema, Madrid.

Imágenes| Portada, Pipino III, Childerico III

Colaboración publicada el 28/9/2016 en Qué Aprendemos Hoy. Para acceder a ella, pincha aquí.

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2 comentarios en “Childerico III y el ocaso de la dinastía merovingia

  1. Mientras más leo acerca de la Alta Edad Media, creo que en vez de llamarla la Época Oscura, habría que llamarla la Época Incomprensible. Es un galimatías de nombres, fechas y conflictos palaciegos cortoplacistas de baja estofa y grandes consecuencias para la construcción de Europa, que al fin y al cabo fue la suma de lo romano, lo germano y lo cristiano.

    Muy buen artículo, colega. Felicitaciones.

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    1. Acertado comentario. Y es que esa época no es en absoluto decadente y oscura como ha quedado reflejado en la historiografía. Por fortuna hay bastantes historiadores que en sus investigaciones están arrojando luz a esa etapa, pudiéndose comprobar que, como mínimo, fue un momento trascendental que ayudó a consolidar las bases que tan bien conocemos.
      Un saludo y muchas gracias por comentar 🙂

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