Cuando los españoles bombardearon Valparaíso, la joya del Pacífico

Durante el largo reinado de Isabel II España realizó ciertos movimientos militares en el exterior destinados a recobrar cierto esplendor perdido como potencia colonial. Urgía, ante la atenta mirada de otras potencias europeas en auge, transmitir una imagen de fortaleza que demostrara que, a pesar de la progresiva pérdida de territorios en América y de sus propios problemas internos, España seguía teniendo presencia internacional. El amplio apoyo que recibirían estas acciones por parte de la sociedad española favoreció que España interviniera en la Conchinchina, en Ceuta y Melilla y en México, pero no solo en estas áreas la presencia española sería determinante. Y es que suele pensarse que los conflictos entre las otrora colonias americanas y la antigua metrópolis finalizaron en el primer tercio del siglo XIX, pero nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que las diferencias siguieron sucediéndose durante las décadas posteriores, y la Guerra del Pacífico, conflicto que involucraría a España, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia, sería un claro ejemplo de ello.

El gallego Casto Méndez Núñez (que pronunciaría la célebre frase “Más vale honra sin barcos que barcos sin honra”) sería trascendental durante el conflicto. Hombre de gran determinación y fuertes convicciones, se convertiría en uno de los héroes de la guerra. Después de distinguirse en el Combate del 2 de Mayo en El Callao, retornaría a España donde moriría en 1869.

Tal y como hemos dicho, durante esos años los distintos gobiernos en el poder habían ido impulsando políticas que favorecieron una mejora de España en el exterior. Acorde a la tendencia europea del momento, también en Madrid se aprobaron una serie de expediciones científicas que tenían la clara finalidad de estrechar o establecer relaciones diplomáticas con otros países lejanos. En verano de 1862 una expedición encabezada por Luis Hernández-Pinzón Álvarez y constituida por dos fragatas, una corbeta y una goleta partiría desde Cádiz en dirección al continente americano. Llegados a Uruguay, la travesía los llevaría también a Argentina, Chile, Perú, Colombia y Panamá. El viaje, que culminaría en Acapulco y San Francisco, serviría para que las autoridades españolas y los diplomáticos de los diferentes países consiguieran limar asperezas, especialmente importante en el caso de Perú. Las relaciones entre la joven república y España eran muy tensas a raíz de las disputas económicas que mantenían por una deuda cuantiosa que había contraído el país andino durante su guerra por la independencia. El trato gentil y cordial que recibieron los oficiales en cada uno de los países acercaría posturas, pero todo ello quedaría empañado por unos hechos violentos ocurridos en Perú entre un hacendado autóctono y unos colonos vascos que trabajaban la finca del terrateniente.

El almirante Pinzón, al enterarse de lo ocurrido, pidió explicaciones ante las reacciones de sus hombres. El esclarecimiento de los acontecimientos llegaría tarde ya que a pesar de la rápida actuación de las autoridades peruanas, el choque diplomático sería inevitable. Enterado de que las autoridades peruanas no iban a impartir justicia, y de que muy posiblemente Perú se estaba armando ante una eventual guerra contra España, Pinzón decidiría emprender acciones. Lo cierto es que el almirante parecía considerar que era primordial mantener la paz y se acogía a las órdenes de Madrid de no llevar a cabo ninguna operación, pero la total instigación realizada por Eusebio Salazar, quién se encargaba de la correspondencia con España, sería determinante. Pinzón, al frente de su escuadra, ocuparía las Islas Chincha y, deponiendo al gobernador peruano, izaría la bandera española en abril de 1864. La imprudencia de semejante acción sería duramente censurada en España ya que el gobierno desautorizaría a Salazar, pero habiéndose producido la toma de las islas se optó por enviar refuerzos ante lo que se preveía una rápida reacción del gobierno peruano. Un ataque que, sin embargo, no se produjo.

El gobierno peruano calibró el realizar un ataque como respuesta, pero pronto el sentido común se impuso. Era imposible que la escuadra peruana, muy inferior en número y calidad a la española, pudiera vencer. Ante la escalada de tensión el presidente peruano, Juan Antonio Pezet, iniciaría los contactos pertinentes para solucionar la situación. La supuesta debilidad del presidente peruano ante las presiones españoles le daría muy mala prensa entre otros compatriotas que, negándose a aceptar el Tratado Vivanco-Pareja con el que se quería sellar la paz, provocarían su caída. Con nuevos buques de guerra y armas adquiridos en Europa el nuevo gobierno peruano, ahora encabezado por Mariano Ignacio Prado, parecía dispuesto a una confrontación directa con España.

Mientras, en un acto de solidaridad, en Chile la opinión pública rápidamente se posicionó a favor del país vecino. Se creía que, basándose en la ocupación realizada de las islas peruanas, era cuestión de tiempo que el gobierno español diera carta blanca a la invasión de otros territorios siempre que se sintiera legitimado. Poco importaba llegados a este punto las rencillas que mantenían peruanos y chilenos si la madre patria no respetaba la soberanía de países que tiempo atrás habían conseguido su autonomía. Los enfrentamientos en suelo chileno no se hicieron esperar. Las hostilidades contra ciudadanos españoles residentes en el país se hicieron cada vez más frecuentes y el gobierno chileno, en concordancia con la actitud del resto del pueblo, optaría por negarse a suministrar carbón a los buques españoles mientras enviaba hombres, provisiones, armas y munición a Perú. Ante los continuos ataques perpetrados y el cariz que iba tomando la situación, una vez llegado al poder el nuevo presidente español, Leopoldo O’Donnell, decidiría dar un ultimátum que el gobierno chileno no aceptó: a la ruptura de relaciones diplomáticas por parte de España le seguiría la declaración de guerra de Chile el 24 de septiembre de 1865.

El bloqueo por mar de los principales puertos chilenos fue el espaldarazo definitivo para que otros países comenzaran a mostrarse recelosos con las fuerzas españolas desplazadas. Perú, siguiendo los pasos de sus vecinos del sur y atendiendo a la alianza de colaboración forjada con Chile a principios de ese mismo año, declararía la guerra el 13 de diciembre. A partir de entonces se sucederían una serie de ofensivas e incursiones en las costas chilenas que serían seguidas con interés por el resto de potencias extranjeras. Muchas de ellas, con sus embarcaciones atracadas en Valparaíso, uno de los principales puertos chilenos, intentaron interceder diplomáticamente, pero todo esfuerzo fue en vano. Después de un ultimátum por parte del almirante Casto Méndez Núñez (nuevo líder de la escuadra española) que el gobierno chileno no aceptaría, éste decidiría vengar las ofensas recibidas bombardeando todos los puertos chilenos. La población civil, indignada y temerosa ante la amenaza, encontraría el apoyo de las potencias internacionales que advertirían a España de una intervención en su contra. Nada pudo detener a Méndez Núñez, que viéndose autorizado para cumplir con su amenaza ante el fracaso de las últimas negociaciones con las autoridades chilenas, se dispuso a bombardear Valparaíso.

Debido a su emplazamiento, Valparaíso fue uno de los núcleos más importantes y castigados de Chile. En época colonial no estuvo muy poblado debido a los desastres naturales y a los ataques constantes de piratas, factores que favorecieron la ausencia de restos de esa época. Después del bombardeo efectuado por los españoles en 1866, dicho emplazamiento volvería a recobrar su importancia configurándose como uno de las ciudades más importantes de Chile y de América Latina.

Habiendo dado unos días para que la población civil fuera evacuada y las potencias extranjeras retiraran sus embarcaciones, la escuadra española arremetería sin piedad contra el puerto el 31 de marzo de 1866. El bombardeo, efectuado durante tres horas, fue agresivo. A pesar de que en el puerto se izaron banderas blancas en iglesias, hospitales y núcleos de beneficencia, la acción se saldó con dos fallecidos y una docena de heridos. La destrucción fue tal que el gobierno tasaría los daños en unos 13 millones de pesos, una auténtica fortuna. España conseguía anotarse una victoria en una guerra en donde se sabía superior, pero tal acción le fue sumamente perjudicial a nivel internacional. Y es que la acción, duramente criticada por haberse llevado a cabo contra un emplazamiento indefenso, había sido precedida de otras tentativas que hubieran supuesto mayor igualdad de condiciones. Méndez Núñez, conocedor de los reproches en su contra y del malestar generado entre sus hombres, decidiría poner rumbo a El Callao donde, tiempo después, se viviría una de las batallas más importantes de una guerra que no cesaría oficialmente hasta 1871, cuando las partes enfrentadas firmaran en Washington un convenio de armisticio. Los tratados de paz y amistad se firmarían entre 1879 y 1885.

La guerra fue costosa para todos, y no tuvo un claro vencedor. Para algunos España saldría reforzada de una confrontación en donde pudo demostrar su poder naval, pero en realidad la guerra le fue sumamente ruinosa. Además de los gastos derivados de las expediciones, el descontento popular a causa de la inestabilidad económica y política que por entonces azotaba Europa en general y España en particular provocaron la caída en desgracia de O’Donnell y finalmente el derrocamiento de Isabel II. Para sus adversarios la guerra fue igualmente negativa, ya que a las deudas de la compra de armamento y embarcaciones para hacer frente al enemigo había que sumarle las destrucciones de esenciales núcleos como la propia Valparaíso. El resurgir del puerto después de su reconstrucción favorecería a Chile, que a pesar de las enormes pérdidas materiales pudo rehacerse más favorablemente que el resto de participantes de la guerra.

 

Vía| Barros Arana, D. Historia de la Guerra del Pacífico (1879-1881), Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1979; Villalobos, S. Historia de Chile, Santiago de Chile, Editorial universitaria, 2004.

Imágenes| Portada, Méndez Núñez, bombardeo

Artículo escrito para Tempus Fugit

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