Roma no pagaba traidores, y el Tercer Reich tampoco

Es probable que a los aficionados del Séptimo Arte el nombre de Elyesa Bazna les resulte familiar. No en vano una de las mejores películas de espías de todos los tiempos, 5 fingers (1952), se inspiró en su trabajo como espía durante la Segunda Guerra Mundial, un secreto cometido que le hizo famoso más por su desafortunado final que por su eficiente labor. Y es que Bazna, un hombre sin grandes virtudes pero con grandes aspiraciones, hizo de la ambición y pocos escrúpulos sus principales medios para medrar, aunque el resultado fuera poco satisfactorio.

Elyesa Bazna, conocido como Cicerón, fue un arribista sin escrúpulos que, a pesar de todo, pudo haber cambiado el curso de la Segunda Guerra Mundial.

Elyesa Bazna, nacido en Kosovo, se había trasladado junto a su familia albanesa a Ankara para poder conseguir mayores oportunidades laborales. Aunque se desconoce parte de su vida anterior a la segunda guerra que puso en jaque al mundo, parece que en la ciudad Bazna trabajó en diferentes ocupaciones que le permitieron ayudar a la economía familiar. Primero como mayordomo y posteriormente como chófer, se encargaría de trabajar para diferentes embajadas europeas en la capital turca estableciendo valiosos contactos que le permitirían, llegado el momento, cambiar su trivial existencia. Sus buenas referencias, su dominio de varios idiomas y su experiencia laboral en embajadas como la estadounidense o la alemana le facilitaron entrar a trabajar en exclusiva para la embajada británica, convirtiéndose rápidamente en el hombre de confianza de Sir Hughe Knatchbull-Hugessen. Adulador y aparentemente servicial con sus superiores, Bazna sería nombrado por el embajador británico como su ayudante de cámara en 1943, pero ambicionando disponer de mejor fortuna, y consciente de que su estrecho contacto con Knatchbull-Hugessen podía serle de gran utilidad, el antiguo chófer se puso en contacto con el servicio de inteligencia nazi.

La cercanía entre el albanés y el británico, y el hecho de que el primero hubiera aprendido todos los hábitos del segundo, fueron suficientes para recibir el beneplácito alemán. Pero más allá de desvelar todo lo que acontecía en la embajada británica, el futuro espía ofrecía algo más. Bazna había observado que Knatchbull-Hugessen depositaba cada noche parte de los documentos importantes en una caja negra que yacía en su habitación, por lo que pronto se decidió a hacer una copia de la llave de esa caja y apoderarse de la combinación de la caja fuerte de la residencia del británico. Con absoluta discreción, Bazna había obtenido el acceso a todos los documentos presumiblemente importantes y a un flujo de información aliada nada insignificante. Con semejante carta de presentación Franz von Papen, embajador alemán, decidiría ponerse en contacto con Berlín señalando que Bazna, que aseguraba tener acceso a documentación valiosa, estaba dispuesto a trabajar para ellos o para los soviéticos vendiendo información a cambio de importantes cantidades de dinero.

Autorizado para entablar primeros contactos y pagarle las exorbitantes cifras que pedía, el diplomático germano, versado en asuntos de esta índole, aceptaría los servicios de Bazna. Cicerón, nombre en clave del espía, se encargaría desde entonces de dar a los nazis toda clase de documentos en rollos de películas. Los informes eran auténticos, y entre ellos figuraban algunos muy valiosos. Se sabe que, gracias a Cicerón, los nazis consiguieron hacerse con documentación referente a la Conferencia de Casablanca o a la célebre Operación Overlord (conocida como la Batalla de Normandía), pero no sacaron el debido provecho a la situación. La razón radicaba en que Bazna no sabía a ciencia cierta qué tipo de documentación era más importante, por lo que durante un tiempo se dedicó a filtrar informes sin ningún tipo de valor estratégico. Lo que el espía consideraba papeles importantes eran, en realidad, algunos planos o dibujos personales hechos por Knatchbull-Hugessen de artilugios a los que, a modo de pasatiempo, dedicaba especial atención. Con la sospecha de que Cicerón jugaba a dos aguas, pronto se consideró la opción de que toda la documentación no tenía fundamento o que, directamente, era falsa. Sin saberlo ni pretenderlo Bazna había sembrado la duda entre los nazis y, aunque había acertado haciéndose con algunos informes que pudieron cambiar el transcurso de la guerra, las sospechas sobre su persona fueron creciendo hasta que se granjeó numerosos detractores.

Franz von Papen fue un político conservador que sirvió al gobierno Nazi desde 1939 a 1944 como embajador en Turquía. Hábil en las intrigas, intentó mantener la neutralidad de Turquía durante el conflicto. Aunque fue detenido y acusado en los Juicios de Núremberg, su decisiva intervención para liberar a numerosos judíos de un trágico destino le llevarían a ser absuelto.

Con su prestigio como espía dañado, Bazna poco a poco fue perdiendo apoyo dentro del Servicio Secreto alemán. El ritmo de entregas fue dilatándose en el tiempo a partir de 1944, cuando los aliados empezaron a sospechar, gracias a la labor de Fritz Kolbe (espía alemán al servicio del bando aliado), de que había una importante fuga de información desde Ankara. Enterados de la existencia de Cicerón, pero sin saber quién se escondía detrás de esta identidad, los aliados comenzaron a cerrar el cerco en torno al supuestamente leal ayudante de cámara del embajador británico. Finalmente, descubierto por una desertora de la embajada alemana que se puso al servicio del bando aliado, Bazna huiría primero a Portugal y posteriormente a América. Establecido en Brasil y poseedor de una gran fortuna producto de sus actividades de espionaje, Bazna emprendería una nueva vida que se antojaba excelente. Sin embargo la suerte, que le había favorecido tiempo atrás, lo abandonaría abruptamente.

Bazna, codicioso y ambicioso hasta el final, decidiría invertir en varios negocios muy lucrativos para hacer crecer sus más de 300.000 libras esterlinas dadas por los nazis, sin sospechar que poco después sería acusado de fraude. Y es que desde Berlín, sospechando de su ineficacia y de toda información que pasaba por sus manos, se había dado orden de que sus servicios fueran remunerados con dinero falso. Sin apenas dinero y gravemente perjudicado, optaría por volver a Europa y asentarse definitivamente en Alemania Occidental, donde pasaría el resto de su vida exigiendo públicamente una indemnización económica por su labor como espía durante el conflicto. La compensación nunca llegaría y, a pesar de que su vida dio forma a varios libros y a una película, el otrora importante espía moriría solo en 1970 convencido de que fue víctima de una vil estafa.

 

Vía| Wires, R. The Cicero spy affair: German access to British Secrets in World War II, Westport, Praeger, 1999.

Imágenes| Portada, Cicerón, von Papen

Artículo escrito para Tempus Fugit

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