La ciencia en la Edad Media y los falsos mitos

Más de una vez me he visto en la obligación de señalar en algunas de mis anteriores entradas que la Edad Media no fue esa época de atraso cultural que se ha propagado gracias a la visión tradicional de este agitado y apasionante período. Si bien es cierto que a partir de la caída del Imperio Romano de Occidente muchos de los conocimientos del mundo antiguo se perdieron, es preciso señalar que a partir del año Mil renació el interés por el saber y por la aplicación práctica del conocimiento. ¿Qué fue lo que posibilitó que aspectos que hasta el momento se habían relacionado con la hechicería y lo demoníaco fueran objeto de interés y de fascinación? 

Como bien sabemos, el Medievo fue una época en donde la religión y la guerra tuvieron un papel determinante. Los continuos enfrentamientos entre los reinos cristianos de la Europa medieval con el mundo musulmán propiciaron que parte de las innovaciones que se originaron fueran concebidas gracias a las relaciones que, directa o indirectamente, se mantuvieron con territorios bajo el poder del Islam. Fueron los árabes los que permitieron que volvieran a Occidente muchos de los tratados de carácter científico, político o filosófico que ellos mismos, a partir de traducciones, habían utilizado para originar algunas de sus más conocidas innovaciones científicas. Tampoco podemos olvidar cómo los contactos con el Extremo Oriente influyeron notablemente en las mentes de los ingenieros que, habida cuenta de su propia curiosidad, empezaron a trabajar en algunos de los artilugios o materiales ya conocidos dándoles un nuevo uso. Y es que el ingeniero o “creador” medieval creía que todo estaba descubierto, pero que no se habían hallado los puentes que, de alguna manera, facilitarían el absoluto entendimiento de todos los misterios que lo rodeaban.

Triunfo del Tiempo (siglo XV), obra del pintor renacentista Jacopo del Sellaio.

Puede que por la distancia temporal que nos separa resulte difícil alcanzar a comprender del todo la mentalidad del hombre medieval. Es por eso que tal vez no se acabe de entender que multitud de los avances originados durante la Edad Media vieran la luz por motivos ajenos a la ciencia. Muchas de las innovaciones náuticas, por ejemplo, se efectuaron por necesidades mercantiles. Los arquitectos o maestros de obras tuvieron que agudizar el ingenio para poder erigir las majestuosas catedrales góticas que, siendo también muestra del esfuerzo ciudadano, se construyeron para honrar a Dios. Lo que importaba no era el creador, sí la finalidad o la utilidad de su obra. Todo ello podría explicar la ausencia de información sobre los ingenieros que idearon soluciones prácticas a problemas cotidianos, siendo esto último el germen de los primeros relojes mecánicos, del primer astrolabio cuadrante o de modernizados molinos que, aunque ya se conocían desde época romana, habían sido reintroducidos con notable éxito ofreciendo enormes posibilidades (moler alimentos, fabricar bebidas, cortar metales o hilar tejidos).

No podemos olvidarnos de otro aspecto sumamente importante que además se encuentra relacionado íntimamente con lo anterior: unas innovaciones llevaban a otras casi por azar. Los fallidos experimentos de los llamados alquimistas (entre los que destacaría el conocido Nicolas Flamel, el creador de la piedra filosofal) dieron origen a muchos de los descubrimientos más importantes. Es así como diversos tintes, numerosos cosméticos o la pintura al óleo empezaron a emplearse durante el Medievo. El desarrollo y perfeccionamiento de la técnica del vidrio permitió la invención de las lentes de aumento, y la combinación del vidrio con el metal, en un momento en el que el desarrollo metalúrgico resultó decisivo, originó los anteojos y los espejos. Paralelo a estos descubrimientos y al florecimiento de diversas actividades económicas, las ciudades fueron desarrollándose en enclaves sumamente estratégicos. En estos núcleos se fueron potenciando los talleres donde se fabricaban minuciosamente muchos de los productos que, posteriormente, darían lugar a artefactos muy necesarios en según qué industrias. Así tenemos, por ejemplo, los avances de la industria de la lana gracias a las ruecas para hilar las fibras o sofisticados telares horizontales para confeccionar piezas mucho más anchas y trabajadas.

Mención especial merecen las innovaciones medievales de carácter armamentístico. Diversas armas empleadas desde siglos anteriores se sofisticaron hasta el extremo, surgiendo otras igualmente efectivas. A las catapultas y las ballestas se sumaría la pólvora, que ya se conocía en China desde el siglo X aunque sin el uso bélico que se le dio en Occidente. Las sillas de montar evolucionaron, lo que junto a la introducción del estribo y a la modificación de las armaduras permitieron a los jinetes manejar mucho mejor sus armas.

Esos talleres, cada vez más populares, fomentaron la aparición de una innovación supuestamente menor pero de gran trascendencia. Y es que si bien durante la Antigüedad los esclavos habían sido la principal fuente de energía, durante la Edad Media todo ello cambió gracias a la aparición de los operarios. La inmensa mayoría de estas personas, que contaban con muy pocos recursos, solían desplazarse temporal o permanentemente del campo a la ciudad y de un núcleo urbano a otro si la situación lo requería, impulsando toda una industria que favoreció notablemente (a pesar de los lógicos efectos negativos) el crecimiento económico de algunas ciudades medievales.

No podemos concluir esta entrada sin mencionar cómo el establecimiento de núcleos costeros y, por ende, la apertura de las rutas mercantiles trajo unos progresos cuanto menos sorprendentes. Por un lado las técnicas de navegación mejoraron excepcionalmente. Y es que además de emplearse la coca (especialmente útil y valorada en el norte de Europa) y de crearse la quilla o el timón de codaste (facilitando las maniobras), fue en este período cuando en Europa se empezó a hacer común el uso de la brújula magnética o del astrolabio. El hecho de que las embarcaciones tuvieran que recorrer forzosamente distancias más lejanas durante períodos más largos obligó a que éstos tuvieran que ir armados. El azufre, la cal viva, el salitre o el llamado “fuego griego” se hicieron indispensables, siendo generalmente utilizados por la reacción que tenía la mayoría de estos compuestos o sustancias en contacto con el agua y al efecto demoledor que causaba en el enemigo. Parejo a estas innovaciones se produjeron otros avances armamentísticos en tierra que dieron una nueva dimensión a las guerras medievales, siendo muchos de sus problemas prácticos el origen de los primeros estudios modernos sobre química, dinámica y mecánica.

Tal y como puede verse, la Edad Media no se corresponde a una época oscura en donde sus gentes estaban dominadas por la sinrazón y la ignorancia. Y es que si bien la mentalidad de las gentes favoreció que la ciencia fuera dejada a un lado, la cultura no se abandonó y siguió evolucionando adquiriendo unas dimensiones que jamás se habían visto hasta entonces.

 

Vía| Frugoni, C. Botones, bancos, brújulas y otros inventos de la Edad Media, Barcelona, Editorial Paidós, 2008; Valdaliso, C. (2005). La ciencia medieval. Los inventos de la Edad Media. Historia National Geographic, 75, 70-79.

Más información| La Edad Media no fue una época tan oscura para la Ciencia como parece – Diario ABC; Inventos medievales – Historia National Geographic

En Tempus Fugit| El cambio en la indumentaria durante la Baja Edad Media

Imágenes| Portada, óleo, soldados

Artículo escrito para Tempus Fugit

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