Las mujeres que amaron a Jaime I el Conquistador

Jaime I el Conquistador (1208-1276) ha pasado a la posteridad como uno de los monarcas más importantes de la Corona de Aragón, si bien su figura siempre ha estado supeditada a juicios de diversa índole que lo acusan de ser uno de los reyes más tradicionalmente sobrevalorados. Alejándonos de opiniones varias, su excelente recorrido como gobernante y sus diversas proezas militares forjaron la leyenda que poco a poco olvidó al hombre que estaba tras la corona. Y es que aunque fue un monarca valeroso, noble y con gran talento para la guerra, también fue un hombre de talante práctico, a veces brutal y vengativo, que sintió una profunda pasión por cuanta mujer hermosa tuviera delante. Seductor, gentil, de risa fácil y de respuesta rápida, por la vida del que fue para algunos cronistas “el hombre más bello del mundo” pasaron multitud de féminas que, a su modo, fueron trascendentales.

Único hijo del infeliz matrimonio entre Pedro II el Católico y María de Montpellier, su padre lo usó como moneda de cambio al comprometerlo a muy corta edad tanto con la hija del conde Armengol de Urgel, Aurembiaix, como con Amicia, hija del conocido Simón de Montfort. A la muerte de su progenitor en la Batalla de Muret, el pequeño pasaría a manos del señor de Montfort hasta que la intervención papal lo devolviera a los aragoneses. Bajo la tutela del templario Guillem de Montredon, el futuro monarca pasaría su niñez y pre adolescencia en el Castillo de Monzón hasta que tuvo la edad conveniente como para responsabilizarse de sus obligaciones. Por razones políticas se casaría con Leonor de Castilla, hija de Alfonso VIII y de Leonor Plantagenet. Parece que la princesa (mayor que su esposo) supo ganarse el afecto y la atención de un marido que durante los primeros tiempos de su unión pareció disfrutar de su compañía y de su criterio político, aunque pronto debió perder el interés. Se cree que después del nacimiento de Alfonso, su primogénito, Jaime tomó por amante a una dama castellana de la reina a la que sucederían otras tantas.

Sepulcro de Violante de Hungría, segunda esposa de Jaime I, que siempre ambicionó encumbrar a su descendencia a lo más alto. Gracias a ella dos de sus hijos serían reyes (Pedro heredaría los reinos de Aragón y Valencia y los condados catalanes, mientras que Jaime se quedaría con el extenso Reino de Mallorca) y dos de sus hijas serían coronadas como reinas (Violante sería reina de Castilla al convertirse en esposa de Alfonso X el Sabio, e Isabel lo sería de Francia al desposarse con Felipe III el Atrevido).

Rubio, considerablemente alto, de complexión fuerte y con una mirada llamativa (se cree que tenía un ojo azul y el otro gris), Jaime triunfaba entre las damas de la corte. Tal vez es por eso que, al mismo tiempo que hacía frente a las conspiraciones nobiliarias en su contra, el rey se convenció de la necesidad de apartar a la reina de su vida. En 1225 iniciaría todo un tedioso proceso para que desde Roma se considerara su matrimonio nulo alegando razones de parentesco, algo que conseguiría en 1229. Tras hacerse efectiva la anulación, la otrora reina ingresaría en el monasterio de Las Huelgas (Burgos) conservando su título, villas, tenencias y usufructos acordes a su dignidad. Apartada Leonor de la escena pública, Jaime iniciaría a partir de 1226 un nuevo periodo disoluto hasta que se le cruzó en su camino una mujer que despertó su interés: Aurembiaix de Urgel, la noble a la que había estado prometido por escasos meses siendo niño.

No sabemos cuál fue la verdadera naturaleza de su relación, pero sí tenemos constancia de una estrecha colaboración entre ambos. Aurembiaix, a la muerte de su padre, había sido desposeída de todas sus posesiones por acción de sus parientes, los Cabrera. Sin ningún tipo de protección ni con la posibilidad de recuperar lo que era suyo por derecho, la joven había pasado gran parte de su vida en el convento de San Hilario (Lleida) hasta casarse con Álvaro Pérez de Castro, un castellano afincado en Toledo. El matrimonio duró poco ya, que declarado nulo por razones de parentesco, la mujer abandonaría esa tierra para solicitar la ayuda del rey de Aragón. Jaime, impresionado por el carácter valiente y decidido de la aristócrata, optaría por romper el acuerdo de neutralidad con los Cabrera otorgándole auxilio militar cuando ella se decidiera en 1228 a recuperar la ciudad de Balanguer. Es muy posible que el rey estuviera deslumbrado por la personalidad de Aurembiaix y que tuvieran algún tipo de escarceo amoroso, pero también pesaban otras razones ajenas a un interés romántico. Lo que en realidad ambicionaba Jaime era el condado de Urgel, a sabiendas de que obteniendo el condado su posición se vería enormemente fortalecida a ojos de sus enemigos.

Consciente de cuales eran las intenciones del monarca, Aurembiaix abandonaría cualquier tipo de relación con Jaime y optaría por casarse con Pedro de Portugal, quién convertido en Pedro I de Urgel pasaría a ser el heredero del condado en caso de que su esposa falleciera sin descendencia. El hecho de que la aristócrata muriera sin alumbrar un heredero allanaría el camino al monarca, quién conseguiría hacer efectivas sus pretensiones en 1231. En contra de las cláusulas testamentarias del abuelo y el padre de Aurembiaix, una vez ella perdiera la vida su esposo se vería legitimado para ceder el condado de Urgel al monarca a cambio de que éste le concediera la posesión feudal del Reino de Mallorca y de la isla de Menorca, además del dominio de diversos castillos.

Inmerso en llevar hasta su máxima expresión la política de expansión territorial que habían diseñado sus predecesores en el trono, el rey proyectaría un ventajoso enlace con Sancha de León que finalmente no aconteció. Valorando qué mujer desposar, hasta él llegarían informaciones sobre una joven de alta cuna que, además de ser de gran belleza, mostraba un carácter voluntarioso. Violante, hija de Andrés II de Hungría y de la princesa imperial Yolanda de Courtenay, parecía reunir todas las cualidades que el rey buscaba en una compañera. El enlace, celebrado en Barcelona en septiembre de 1235, estaba llamado a ser sumamente ventajoso tanto por la generosa dote de la novia como por la valía personal de la joven. El matrimonio fue feliz y armonioso ya que la reina, atenta y complaciente, siempre procuró cautivar a su esposo infiel. Consciente de que el primogénito de su esposo, Alfonso, era el heredero, Violante decidió encumbrar a sus propios hijos en detrimento del hijo de Leonor de Castilla. Las relaciones entre Jaime y Alfonso nunca fueron cercanas y las intrigas de Violante influyeron negativamente en ellos hasta la muerte de Alfonso en 1260.

Aunque es posible que el número fuera mayor, se cree que Jaime tuvo seis hijos ilegítimos. En la imagen se puede observar el escudo de la Casa de Híjar, un importante linaje iniciado por Pedro Fernández de Híjar y su esposa Marquesa Gil de Rada. Fruto de los amores entre Jaime con una de sus amantes, a Pedro se le daría la baronía de Híjar y, una vez convertido en un virtuoso guerrero al servicio de la Corona de Aragón, conseguiría en vida numerosos reconocimientos.

A pesar de que el matrimonio real fue dichoso Jaime siguió teniendo amantes y, en consecuencia, engendró varios hijos ilegítimos. Por su cama pasaron, entre otras damas anónimas, Blanca de Antillón, Berenguela Ferrandis, Guillerma de Cabrera y la hijastra de ésta, Teresa Gil de Vidaure, una hermosa noble aragonesa de origen navarro que, viuda prontamente, se dice que se resistió por largo tiempo a las atenciones que el monarca volvía a dispensarle. Y es que parece que el seductor rey, antes de casarse con Violente, había tenido una relación sentimental con Teresa habida cuenta de una promesa de matrimonio que Jaime nunca cumplió. Muerta la reina Violante, el rey volvió a ganarse las atenciones de la dama y, a partir de entonces, empezarían una relación de la que nacerían dos hijos. Aunque la unión parece que también fue satisfactoria, el rey acabó despachándola sin demasiadas contemplaciones, ya que según se dijo la amante real tenía una enfermedad incurable. En realidad Teresa no estaba enferma, pero Jaime había puesto sus ojos en otra joven aristócrata de la misma edad que su hija mayor a la que había conocido en Alcaraz en 1265: Berenguela Alfonso.

La nueva relación del rey no contó con la aceptación de prácticamente nadie. Socialmente se consideraba al monarca casado con Teresa Gil de Vidaure, quién se había retirado a un monasterio. Las severas amonestaciones de Clemente IV no permitieron ningún tipo de boda porque desde Roma se consideraba inviable que el rey se abandonara a una relación con una joven castellana que, para más inri, era pariente de su primera esposa. Haciendo caso omiso a cualquier voz discordante, el rey prosiguió sus amoríos con Berenguela mientras seguía ocupándose de sus rivales políticos y de engrandecer sus dominios a través de una eficaz política expansionista. Temeroso de fallecer en el campo de batalla, Jaime intentaría ganarse el favor papal organizando una cruzada que resultó ser un fracaso. El proyecto que debía servir como penitencia por su escandalosa vida privada se fue al traste y eso hizo reflexionar al monarca, quién zanjó su relación con Berenguela.

La última en conquistar al anciano monarca fue Sibila de Saga, una joven perteneciente a lo más granado de la nobleza catalana que, casada con Arnau de Cabrera (paradójicamente uno de los hijos de una antigua amante del rey), había huido de su hogar por diferencias irreconciliables con su marido. Se sabe que Sibila, al contrario que muchas de las amantes reales, jamás pidió ningún tipo de consideración económica o social por parte del rey, lo que la diferenció de muchas otras que la precedieron. Y es que aunque Jaime intentó por todos los medios contraer matrimonio con esta dama que sí pudo obtener la anulación matrimonial, nunca tuvo desde Roma respuesta favorable a sus reiteradas peticiones. Obligado por las circunstancias a romper la relación bajo pena de excomunión, en esta ocasión Jaime decidiría abandonar a Sibila y observar, hasta el final de sus días, una conducta más regular. Poco tiempo después, el 27 de julio de 1276, el rey fallecía dejando tras de sí varios hijos ilegítimos que, con el tiempo, acabaron fundando algunas de las casas nobiliarias más importantes de la Corona de Aragón.

 

Via| Furió, A. El rey conquistador Jaume I: entre la historia y la leyenda. Valencia, Bromera, 2007; Roca, M.C. Les dones de Jaime I. Barcelona, L’Esfera dels Llibres, 2008.

Más información| Belenguer, E. Jaime I y su reinado. Lleida, Editorial Milenio, 2008.

Imágenes| Portada, Violante, Hijar

En Tempus Fugit| La anexión del Reino de Mallorca a la Corona de Aragón (I), (II), (III)

Artículo escrito para Tempus Fugit

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