Irlanda, la isla dividida durante mil años

Muchos somos los que sentimos una especial afinidad con Irlanda, esa bellísima tierra que inconscientemente asociamos con San Patricio, sus verdes paisajes y la cerveza. Pero Irlanda es mucho más que eso, y merece más que unas vagas referencias que, aunque representativas, eclipsan toda una historia verdaderamente apasionante. Antes de la invasión de Enrique II Plantagenet (1133 – 1189) en el año 1172, la llamada “Isla Esmeralda vivió numerosos episodios turbulentos caracterizados por las luchas internas entre reinos controlados por facciones poderosas, las invasiones vikingas y una efímera unificación que culminarían toda una larga etapa tan atractiva como desconocida.

Imagen alusiva a San Patricio, principal impulsor del cristianismo en tierras irlandesas del que hablé hace un tiempo aquí.

Aunque pueda parecer extraño los textos irlandeses de época altomedieval que se han conservado han permitido conocer, a pesar de entremezclar realidad con ficción, aspectos sociales, religiosos y políticos de la Irlanda precristiana. Y es que las leyendas, siempre rebosantes de dioses antiguos, reyes y héroes sobrenaturales, hablaban de una Irlanda dividida en cinco grandes reinos (Ulad, Connachta, Mumu, Laiginn y Míde) que, habiendo sido creados por los gaélicos después de la conquista de la isla, mantenían relaciones complejas entre sí. Y es que la coexistencia no debía ser fácil, máxime cuando Míde parecía destacar por encima del resto gracias a su capital, Tara, que además de ser la residencia del Ard Rí (o soberano supremo) tenía un simbolismo sagrado. Los restos materiales también nos han permitido saber que, contraviniendo el extendido tópico de que Irlanda se había mantenido completamente aislada, los reinos más orientales habían mantenido vivos contactos comerciales con Roma. Tal y como se atestigua Roma estableció algunas factorías romano-britanas en territorio irlandés, y si bien la isla (denominada por los romanos como Hibernia) jamás pasó a ser parte formal del imperio, es más que palpable que esa fructífera relación económica favoreciera una cierta influencia.

Sea como fuere, los contactos serían lo suficientemente significativos como para que, conocedores del debilitamiento romano a raíz de su propio colapso, grupos de piratas irlandeses aprovecharan la coyuntura existente para asolar durante largo tiempo la costa oeste de Britania en expediciones de pillaje. Sabemos que, debido a esta razón, algunos grupos abandonarían la isla para asentarse permanentemente en el norte y sur de Gales y en el sudoeste de Inglaterra. Al mismo tiempo que tenían lugar estos asentamientos, a nivel interno se desarrollaba una confrontación que cambiaría el devenir político de la isla. Niall Noígiallach (? – 450), un noble del reino de Connachta, invadiría el vecino reino de Ulad (en el norte) con la pretensión de establecer su propia dinastía en el gobierno de ambos territorios y obtener para sí el dominio de Tara. El ataque, que acabaría sometiendo al reino vecino, daría como resultado la instauración de una dinastía que se haría con el control de Tara y que, irremediablemente, dividiría la isla en dos estados: al norte se hallaría el Leth Cuinn (dominio de los Uí Néill) y al sur el Leth Moga (gobernado por los Eogannacht de Mumu). La fragmentación de la isla en dos territorios que a partir de entonces mantendrían un feroz pulso favorecería el irremediable exilio de miles de naturales que, decididos a establecerse en otra zona, emprenderían un viaje sin retorno hacia el este fundando el reino de Dál Riata, germen de la Escocia gaélica.

Resulta complicado realizar una aproximación a la enrevesada sociedad irlandesa de la Alta Edad Media, aunque sabemos que se encontraba articulada en torno a dos instituciones. Por un lado estaba la fíne, una compleja unidad que, fraccionada en diversos grados de importancia, englobaba a nada menos que a cinco generaciones de descendientes de una misma familia por línea masculina. Por otro lado situamos otra institución llamada tuath que, formada igualmente por familias emparentadas entre sí, estaba vinculada a la tierra. En relación a esta última institución conviene recordar que un número significativo de tribus eran perfectamente autónomas y se encontraban agrupadas en torno a un cabecilla que actuaba como rey propio, aunque por fuerza fueran dependientes de un reino a cuyo soberano pagaban impuestos.

La Abadía de Iona sería fundada por Columba de Iona, un misionero cristiano irlandés que llegó a Escocia con la intención de evangelizar a la población. El monasterio llegaría a ser uno de los centros culturales y religiosos más importantes de Europa.

Dentro de una sociedad tal, la aristocracia guerrera destacaba por encima del resto como grupo dominante. Y es que de ella surgía (y se nutría) la figura del rey supremo, a quién se le confería un carácter sagrado y una estrecha vinculación con el reino sobre el que gobernaba. El sistema electivo por el cuál se elegía al futuro monarca potenció muchísimas de las confrontaciones entre las diferentes facciones, ya que no siempre era fácil seleccionar a la persona que debía ocupar un cargo tan sobresaliente. Muchos aspirantes al trono se enfrentaron entre sí para demostrar su valía y cuán alta era su dignidad (requisitos indispensables para su elección) desembocando en rencillas locales que dieron paso a algunas de las guerras que más desgastaron a la población.

Al margen de la nobleza, la clase sacerdotal contaba con una preeminencia especial. Los druidas eran una pieza indispensable dentro de una sociedad que los respetaba hasta el extremo, ya que no en vano actuaban como consejeros, se encargaban de la educación de las generaciones aristocráticas más jóvenes y eran depositarios del saber tradicional de su pueblo. Aunque han pasado a la posterioridad por sus dotes en la adivinación y la magia, los druidas también eran expertos en artes medicinales y grandes combatientes cuando la ocasión lo requería. Junto a ellos, y no en una posición menos importante, se hallarían los llamados aes dana que, englobando a los fílid (videntes que, además, eran expertos en artes poéticas y musicales) y a los baird (expertos en actividades relacionadas con la música), se convirtieron en uno de los elementos más trascendentales. Principales transmisores de su saber popular y de su valioso patrimonio cultural, el contacto entre ellos y los primeros monjes cristianos permitió que muchas de sus leyendas e historias ancestrales pudieran conservarse. De hecho, el prestigio alcanzado por las escuelas bárdicas (mantenidas con ciertas interrupciones hasta el siglo XVIII) permitió el excepcional desarrollo de la literatura en lengua irlandesa.

La irrupción del cristianismo en el siglo V sacudió fuertemente el panorama cultural, social y religioso de las comunidades irlandesas, pero no tanto como se cree. Muchas de las tradiciones ancestrales siguieron vigentes dada la inclinación de San Patricio y sus discípulos de respetar la cultura y las tradiciones paganas. Por ello se preservaron los patrones tribales y sociales de los nativos, siendo solo cambiadas aquellas prácticas que entraban en conflicto con las cristianas. El éxito fue tal que, a pesar del rechazo inicial, a finales del siglo VIII surgieron muchísimos religiosos irlandeses que contribuyeron al renacimiento de las letras y las ciencias en cortes alejadas de su hogar.

Más determinante sería, por el contrario, la influencia que la isla recibiría de la mano de los vikingos. Atraídos por los ricos centros monásticos irlandeses, grupos de vikingos comenzarían a llegar a la isla en torno al año 795 para saquear diversos emplazamientos costeros. Numerosas poblaciones y monasterios serían atacados durante décadas hasta que, pasados unos años, los vikingos decidieran realizar incursiones más profundas al interior. Todo ello acabaría facilitando que los invasores comenzaran a asentarse formando pequeñas comunidades que fueron arraigando sin una oposición clara de los nativos. Los reyes irlandeses únicamente decidirían actuar conjuntamente en el año 902, momento en el que las disputas entre daneses y noruegos por los enclaves estratégicos de la isla se habían agudizado.

Brian Boru siempre ha sido considerado un héroe que desde muy joven luchó contra los invasores intentando unificar el territorio. Actualmente su figura ha sido revisada por diversos historiadores, a tenor de que es muy probable que su figura fuera enaltecida por su clan.

Expulsados durante más de una década de Dublín, solo la llegada de una nueva flota de invasores la devolvería a manos vikingas convirtiendo ese enclave en uno de los puertos más poderosos de la Europa del momento. Agotados hasta el extremo, a partir de mediados del siglo X el control vikingo de la isla decaería hasta que su dominio terminara definitivamente, aunque su impronta fuera ya notoria. Y es que, tal y como algunos historiadores han expresado, algunas de las más notables ciudades irlandesas surgieron de la mano de invasores nórdicos que, en pocas generaciones, echaron raíces en estos lugares adaptándose a las costumbres de la isla, convirtiéndose al cristianismo y uniéndose con nativos.

Una nueva etapa se abriría cuando Brian Boru, perteneciente a una de las familias nobles de Leth Moga, acabase desbancando en pocos años a la dinastía sureña reinante. En pocos años su poder crecería hasta el punto de conseguir arrebatar a los Uí Néill (la casa reinante en Leth Cuinn) la soberanía de Tara. Pero su imperio, que englobaba gran parte de Irlanda, fue bastante fugaz ya que sus enemigos naturales en el norte, sus rivales políticos y los reyes vikingos de Dublín forjarían una alianza en su contra que cristalizaría en la famosa Batalla de Clontarf (1014). Brian Boru conseguiría derrotarlos, pero a cambio perdería cruelmente la vida. Sin la presencia de éste y de otras fuerzas extranjeras, Irlanda volvería a iniciar un turbulento período en el que diferentes facciones se enfrentarían por ocupar el lugar del fallecido rey. Más de un siglo y medio después, Enrique II de Inglaterra iniciaría el proceso de invasión que sacudiría de nuevo la vida de los nativos, que verían como la presencia inglesa en el territorio acabaría eliminando irremediablemente sus ancestrales estructuras políticas y sociales.

 

Vía| Charles-Edwards, T. Early Christian Ireland. Cambridge: Cambridge University Press, 2000; Duffy, S (ed.). Atlas of Irish History. Dublin, Gill and Macmillan, 2000; Renero Arribas, V. Irlanda: reyes, monjes y vikingos en la Alta Edad Media. Historia y vida, 480, 64-69.

Imágenes| Portada, San Patricio, Iona Abbey, Brian Boru

En Tempus Fugit| Las raíces históricas del día de San Patricio

Artículo escrito para Tempus Fugit

 

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