La torpe expedición española en Vietnam (o la historia de un desastre)

Filipinas, julio de 1857. A la por entonces colonia española llegaron noticias de una terrible tragedia: algunos misioneros franceses y un obispo español habían perdido trágicamente la vida en el reino de Annam (actualmente Vietnam). Los crueles asesinatos eran parte de una sangrienta persecución contra los católicos del reino llevada a cabo por el rey nativo Tu Duc. Éste, que consideraba contaminante para su pueblo unas doctrinas religiosas que contaban con numerosos seguidores en algunas de las ciudades al norte de su territorio, pretendía afianzarse en el poder a sabiendas de las aspiraciones de algunos de sus adversarios. Considerando como ciertas las informaciones que tildaban de peligrosas las supuestas simpatías de ciertos predicadores extranjeros hacia otros rivales, el rey consideraría adecuado extender una represión salvaje que se saldó con la decapitación de los religiosos. La desventura de los extranjeros desató una ola de indignación tal en Francia y en España que rápidamente ambos países se embarcarían en una empresa conjunta con la que pretendían exigir al monarca de Annam la reparación de todos los daños y la detención de la persecución contra los cristianos. Éste sería el origen de la expedición franco-española a Indochina (1858-1862), un conflicto largo y lejano que apenas despertó interés entre la población más allá de una inicial exaltación patriótica.

Nguyễn Phúc Hông Nhậm fue el cuarto emperador de la dinastía Nguyễn que gobernaría en el actual Vietnam. De reinado sumamente conflictivo, es considerado el último emperador que gobernó de forma independiente un territorio que, después de su torpeza política, pasó a manos extranjeras.

Podemos avanzar que el éxito de semejante expedición fue desigual para las dos potencias involucradas. Desde Madrid se acogió favorablemente la idea de intervenir en una expedición de castigo bajo mando francés, aunque sin calcular las consecuencias reales para España. El país mantenía sus posesiones en el Caribe, en África y en Asia, pero había sufrido un grave deterioro como potencia ultramarina tras la independencia de sus colonias en América durante el primer tercio del siglo XIX. A pesar de que durante el gobierno de Leopoldo O’Donnell el país había conseguido rehacerse económicamente después de las tediosas guerras coloniales, las agotadoras guerras civiles y la propia inestabilidad interna resultante, la política exterior emprendida durante estos años fue desacertada. Y es que si bien se intentó impulsar que España participara activamente en operaciones diplomáticas y militares, todas ellas estaban más orientadas a reforzar el prestigio del gobierno y a disminuir las divisiones internas que a consolidar verdaderamente la maltrecha presencia colonial de España frente a otras competidoras.

Puede afirmarse sin atisbo de duda que la expedición fue para España el pretexto idóneo para lograr cierto prestigio asumiendo la quijotesca defensa de los religiosos y practicantes cristianos. Sin mayores ambiciones mercantiles o territoriales, España daría su apoyo a una Francia que, viviendo una nueva era dorada de la mano del emperador Napoleón III, consideró ésta la oportunidad perfecta para obtener territorios en Asia oriental y puertos seguros y cercanos a China, queriendo hacer real la antigua pretensión francesa de adquirir influencia (tal y como España y Portugal habían hecho siglos atrás) en una zona que podía otorgarle numerosos beneficios. Napoleón III advertiría con cierta satisfacción la total desafección española por esta zona y la absoluta ceguera del gobierno español al no percatarse de la gravedad que supondría para el país quedar rezagado de otros estados europeos que, como la Francia imperial, se afanaban en lograr asentamientos y tratados comerciales que a la postre los enriquecerían.

Rubricada esta alianza desigual Napoleón III no tardaría en solicitar unos dos mil soldados de infantería para emprender la operación, así como la autorización para reclutar en Filipinas a nativos con los que formar un batallón y un grupo de caballería que estarían bajo el mando del coronel Carlos Palanca. Manila, además de cientos de hombres especialmente diestros en la lucha y en la navegación, entregaría caballos, suministros, munición y pólvora que serían recogidos personalmente por el almirante francés Rigault de Genouilly. Desde la capital filipina zarparía, además de dos navíos de transporte franceses, el vapor de guerra español Elcano que, con sus dos cañones y su escasa tripulación, tendría una destacada intervención en la campaña antes de ser sustituído por el vapor Jorge Juan, mejor equipado y con una mayor tripulación.

Nada más entrar en la bahía de Turán el 31 de agosto de 1858, el almirante francés enviaría un ultimátum a los defensores autóctonos para rendir todas las fortificaciones. Al no obtener respuesta alguna, al día siguiente la flota bombardearía los fuertes. Ocupado el territorio, afianzadas las plazas y sin apenas resistencia local, las tropas también se harían con la bahía. Al hostigamiento paulatino de annamitas y al laborioso trabajo defensivo de atrincheramiento, las tropas se enfrentarían a un clima húmedo y altamente caluroso, y a un terreno pantanoso que favorecería la fulgurante propagación de enfermedades. Los combatientes, tal y como parece atestiguarse, pasarían gran parte del peor período de la estación monzónica casi a la intemperie. Un número nada desdeñable de soldados enfermaron de fiebres, cólera y disentería, y aunque las bajas fueron especialmente escandalosas entre las tropas francesas, Genouilly se resistió a avanzar. El almirante solo decidiría marchar sobre Saigón y Cochinchina cuando supiera lo cerca que estaba Francia (junto a otros aliados europeos) de conseguir poner las bases del ventajoso Tratado de Tientsin que, ratificado tiempo después por el emperador chino Tongzhi, pondría fin a la Segunda Guerra del Opio (1856-1860).

Sin consultar con el mando español, que se encontraba con poco poder de acción y decisión, el almirante galo tomaría la capital, el puerto y la ciudadela en una conquista cruenta que, habida cuenta de los desmanes de las tropas que se extrae de lo escrito por algunos religiosos allí presentes, destrozó a la población autóctona. En octubre de 1859 el vicealmirante Page tomaría el relevo a Genouilly ordenando el retorno inmediato a Manila de las tropas españolas que seguían en Turán. Mientras el grueso del ejército español abandonaba el enclave, un pequeño contingente quedaría en Saigón destacándose durante meses en su defensa frente a los annamitas. Las unidades españolas, en clara minoría, se distinguirían repetidamente en los duros combates mantenidos durante cerca de medio año, siempre a la espera de refuerzos franceses que nunca llegaban. A partir de 1860 la conquista de Cochinchina se aceleraría al hacerse efectivo un envío de unos 4.000 soldados franceses que ayudarían en la toma del entramado defensivo de Ki-Hoa y de Myt-Ho. Los annamitas resistirían con valor el empuje franco-español pero, sin el armamento y la técnica adecuada para enfrentarse al ejército aliado, no podrían evitar que en agosto de 1861 la provincia de Saigón fuese declarada oficialmente dominio francés.

Poco se menciona la heroicidad de tagalos durante esta empresa. Y es que los combatientes filipinos eran buenos soldados que fueron reclutados como tropa de choque al servicio del ejército español, siendo muchos de ellos integrantes de las fuerzas españolas que participaron en la campaña. Valientes en el combate y serenos en la victoria, recibieron elogios por parte de unos mandos franceses que no siempre los comprendieron, dado que en muchos casos fueron empleados en los trabajos más duros y denigrantes.

Consumadas todas las tomas territoriales con la conquista de Bien Hoa y de Vinh-Long, en verano de 1862 se hacía efectiva la firma del tratado de paz por el cual Francia se apoderaba de todo el área concerniente a Cochinchina. Annam quedaba reducida en la práctica a una colonia y Tu Duc, totalmente debilitado, reconocía la libertad de culto a todos los cristianos de su reino, además de otorgar numerosas ventajas comerciales a los franceses (que a partir de entonces podían circular libremente por el territorio) y comprometerse a pagar cuatro millones de dólares en concepto de indemnización a Francia y España. En la práctica la vencedora era Francia, que a partir de entonces conseguía hacerse con un valioso y estratégico territorio. España, por contra, se veía poco compensada. Internacionalmente conseguía su objetivo de obtener cierto prestigio al mostrarse capaz de llevar a cabo una expedición semejante, pero económicamente la campaña había sido un desastre. Se invirtió una ingente capital que jamás se recuperó, y ni siquiera el pago obligado por parte del monarca autóctono por los gastos ocasionados palió las cifras. Se cree que la indemnización solo cubrió una sexta parte de lo invertido en el conflicto.

Las humillantes condiciones pactadas para la paz y las acciones de guerra acontecidas durante todo la campaña favorecieron que la población se rebelara en torno a 1863. Con una revuelta generalizada que ponía en peligro el éxito conseguido, tanto Francia como España se vieron en la obligación de mandar efectivos para tratar de aplacarla. España, de nuevo, volvería a echar mano de la asistencia llegada desde Filipinas mandando cuatro compañías de infantería que, arribadas desde Manila, volverían a distinguirse de nuevo en el contraataque combinado por mar y tierra contra los insurgentes. Aplastada la rebelión el contingente español volvería a retirarse a Saigón, desde donde se embarcarían de vuelta a Manila.
Sin alcanzar a comprender el alcance de un conflicto de semejante envergadura del que solo París sacó provecho, el gobierno español, falto de miras, comprometería a España a una expedición que, respondiendo más a las necesidades francesas, no reportaría al país un claro beneficio.

 

Vía| Alejandre Sintes, L. La guerra de la Cochinchina. Barcelona, ediciones Edhasa, 2006; Martorell, M. & Juliá, S. Manual de Historia Política y Social de España, 1808-2011. Barcelona, RBA, 2012; Togores, L. Extremo Oriente en la política exterior de España (1830-1885). Madrid, Prensa y Ediciones Iberoamericanas, 1997.

Más información| El territorio que España poseyó 60 años en Vietnam sin que casi nadie lo supiese

Imágenes| Portada, Tu Duc, Saigón

En Tempus Fugit| Cuando los españoles bombardearon Valparaíso, la joya del Pacífico

Artículo escrito para Tempus Fugit

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